Viví en Manhattan durante 5 años. El primero voló mientras sobrevivía desconcertada y abrumada por la densidad de los estímulos y la necesidad de incorporarme a la rutina diaria. Artísticamente, no sabía qué parte de la realidad quería subrayar ni qué emociones o descubrimientos contar y compartir.

Un día advertí que fluía en un río que caminaba por un lado de la acera, mientras ordenadamente, el otro circulaba por la izquierda. Rítmicos, silenciosos, pertrechados con auriculares y bolsas pesadas, los neoyorquinos transitaban en islas. Ese aislamiento se reproducía exponencialmente en el subway.

Venía de una ciudad sin metro, Málaga, y me tocó utilizarlo a diario. Mi personal descubrimiento del americano y del neoyorquino vino muy ligado a él. Desde el primer momento me fascinó. Sentí que era un gran teatro y acudí con interés, repitiendo función varias veces al día. Fui una conmuter ferviente y observadora: no leía, no escuchaba música, no me distraía de lo que ocurría a mi alrededor. Y como toda representación teatral de la misma obra, cada día era igual, pero diferente.

Un día alguien me alertó: Mira, el sueño americano. Hacía referencia a algunos que dormitaban sentados, una imagen cotidiana y frecuente. La ironía del sueño americano: inmigrar o vivir en Nueva York, trabajando interminables horas, sin tiempo para descansar o para disfrutar de la amplia oferta de ocio que ofrece la ciudad. Añadida a esa ironía, veía a la gente llegar y acompañarme, apilarse, abarrotarse sin hablar ni apenas rozarse: Sorry.

El subway, como sus calles, puede ser un enjambre silencioso. Viajar en él es especialmente incómodo para la territorialidad, multiplica la necesidad de acotar el espacio propio. La mayoría de sus líneas son subterráneas y no puedes ausentarte perdiendo la mirada en el paisaje. En un habitáculo donde el mínimo espacio de separación personal se ve invadido repetidamente por extraños, el neoyorquino se protege cerrando sus ojos, aislándose con sus auriculares, escribiendo mensajes, distrayéndose con juguetes inteligentes, leyendo un libro o la prensa gratuita que recoge en la puerta. Esas herramientas le permiten transitar sin reconocer ni ser reconocido, en un universo hecho a medida, eludiendo reflejarse en el otro como en un espejo. Me sorprendía, cuando se dolían de la soledad de la gran ciudad,  sentados entre una multitud, lo solos que decidían estar...

Este proyecto es fruto de la observación continuada de aquellos años. Neoyorquinos, hispanos, chinos, coreanos, italianos… capturados en el mismo marco, en un momento de tránsito, de refugio, de descanso en su carrera por conseguir el  American dream. Detrás de cada uno de ellos imaginé una historia con la banda sonora de aquellos músicos que aliviaban nuestro confinamiento a la espera del próximo tren. Una cinta cinematográfica infinita que me enriqueció y que alivió la dureza de mi vida en la 428 West 46th St. Apt D New York, NY 10036, United States.